¿Recuperación de lo sagrado o síntoma de una orfandad?
Propuestas de oración como Hakuna, iniciativas de retiros como Bartimeo y Effetá, fenómenos culturales como el reciente disco Lux de Rosalía o la película Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa están propiciando que algunos lancen las campanas al vuelo y anuncien un resurgir de lo católico. Otros, más entusiastas aún, vaticinan el umbral de una era post-secular.

Sin embargo, cabe preguntarse si realmente es una revitalización de lo religioso o, más bien, el reflejo de un malestar sistémico. Las iniciativas ponen de manifiesto, ante todo, un vacío existencial que la cultura dominante —plana, acelerada, centrada en el consumo— provoca en muchas personas. Un vacío del que nace, casi inevitablemente, el hambre de trascendencia.
Quienes experimentan esta inquietud pertenecen, en gran medida, a una generación criada en democracia, y educada en unas aulas donde el crucifijo dejó de ser omnipresente. Es la llamada “generación sin crucifijo”: individuos que no han heredado una fe vivida, pero tampoco encuentran en su ausencia una alternativa plenamente satisfactoria.
Una parte significativa de esta generación expresa hoy su descontento. La escritora bilbaína Aixa de la Cruz lo sintetizaba con crudeza en una entrevista: “Somos una generación sin Dios, y no nos han dado más alternativa que el consumo y el trabajo”.
Durante años se les prometió que el esfuerzo y la formación serían garantía de una vida lograda. Sin embargo, muchos descubren ahora que, aun cumpliendo con ese mandato, la sensación de plenitud no llega. El escaparate del sistema —coches, viajes, experiencias— se vuelve cada vez más brillante… y también más inaccesible. La vida se convierte en una carrera sin descanso: siempre hay una factura que pagar, un familiar al que ayudar, una responsabilidad que asumir. El descanso, paradójicamente, se aplaza indefinidamente.
A ello se suma otra experiencia más íntima y silenciosa: la conciencia de que la vida no solo se vive, sino que también nos atraviesa. Dejar huella en los demás y acumular un poso de vivencias, afectos y pérdidas. Y, al mirar atrás, no es raro descubrir que muchos esfuerzos no cristalizan, que algunas relaciones se disuelven sin explicación… Hay algo en la vida que se nos escapa; una dosis inevitable de ingravidez e insatisfacción.
Vivimos, además, bajo la falsa premisa de una gran invulnerabilidad, ignorando que pendemos de un hilo de riesgos e incertidumbres. Desde la fragilidad de la salud hasta la volatilidad de la economía o la inestabilidad laboral, nunca antes la sociedad se había expuesto a tales riesgos de forma tan inconsciente. Las consecuencias ponen de manifiesto una creciente impaciencia, una gran intolerancia a la frustración y al fracaso, y ciertas formas de fragilidad emocional.

Existen, por su parte, experiencias límite —la muerte inesperada, la injusticia irreparable, el dolor sin remedio— que ninguna sociedad, por avanzada que sea, puede resolver plenamente. Y en una cultura que nos ha acostumbrado a exigir respuestas para todo, estos hechos introducen una fisura difícil de asumir. ¿Cómo encajar aquello que no puede ser reparado ni redimido?
Cuando Friedrich Nietzsche proclamó que “Dios ha muerto” y planteó la figura del superhombre, el contexto histórico era muy distinto. Hoy, quienes tienen entre 25 y 45 años han crecido al amparo de un Estado del Bienestar que parecía garantizar seguridad y progreso. Sin embargo, comienza a extenderse la sensación de que ese modelo ha alcanzado sus límites. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿hemos prescindido de Dios por convicción propia o simplemente porque nuestro entorno nos lo ha transmitido así, sostenidos además por un sistema que amortiguaba las consecuencias?
Una escena de la película Más allá del bien y del mal, centrada en los últimos años de Nietzsche, ofrece una imagen elocuente. En ella, el filósofo, internado en un sanatorio, exclama con angustia: “¡Dios ha muerto! ¡Le hemos matado, pero nos hemos quedado huérfanos, y en el mundo hace un frío glacial!” Tal vez esa sensación —de orfandad e indiferencia fría e inhumana— resuene hoy en muchas personas.
El malestar contemporáneo, con su mezcla de desazón y vértigo existencial, impulsa a muchos a buscar algo más allá de lo inmediato. Pero esa búsqueda no tiene un único destino. Puede abrirse a Dios o cerrarse sobre sí misma; y, en caso de abrirse, lo católico no es necesariamente la opción, sino una opción entre otras.

Por eso, hablar de un resurgir de lo católico puede resultar simplificador. Supone ignorar la complejidad del momento actual, la diversidad de itinerarios espirituales y las múltiples encrucijadas que atraviesan quienes, en medio del ruido, comienzan a preguntarse por el sentido.
Por MIkel Martínez y Miguel Ángel Rodríguez
