
Ayer, miércoles, 18 de Febrero, con la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, y la frase de Jesús: “Convierte, y cree en el Evangelio” pronunciada por el sacerdote iniciamos la Cuaresma.
Señor y Padre nuestro,
gracias por el regalo de la Cuaresma.
No nos dejes caer
en la tentación de malgastar
esta nueva oportunidad que nos brindas.
Infúndenos tu Espíritu,
que dé alas a la imaginación
y despabile nuestra inercia,
para que hoy empecemos
a tomarnos más en serio el Evangelio.
Que nuestro ayuno
sea un no rotundo al consumismo
y un sí de corazón
a la solidaridad con los pobres.
Que nuestros sacrificios sirvan
de ayuda a los necesitados
y de alivio a los que sufren.
Que las procesiones
no desfilen sólo por las calles,
sino que vayan por dentro
y acaben con el egoísmo,
el etnocentrismo y la indiferencia.
Queremos estar siempre contigo,
siempre en contacto,
siempre en oración,
para escucharte en todo momento
y en todo instante decirte
que cuentes con nosotros.
Hoy comenzamos.
Origen de la palabra “Cuaresma”

La palabra latina «Quadra-gesima» hace referencia al número 40, y de ahí deviene la palabra “Cuaresma”. Surgió en la Iglesia con el deseo de imitar el retiro de Jesús en el desierto, antes de iniciar su vida pública.
¿Cómo debemos entender la Cuaresma?
La Cuaresma la debemos entender como:
- un tiempo de gracia,
- un tiempo de preparación para la Pascua,
- y un tiempo de conversión.
Tiempo de gracia
La Cuaresma es, ante todo, un tiempo de gracia. Como nos dice san Pablo en la segunda lectura del Miércoles de Ceniza: «Mirad: ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación» (2Cor 6,2).
El Papa san León Magno en una de sus homilías al inicio de la Cuaresma invitaba a los fieles a hacer las mismas cosas de siempre, pero con una atención mayor: «En estos días, hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo».
Por tanto, la Cuaresma no significa un paréntesis en el camino, sino una oportunidad de concentrarnos en lo importante, dejando de lado lo accesorio.
Tiempo de preparación para la Pascua
Como en los primeros siglos, hoy la Iglesia subraya que la Cuaresma es tiempo de preparación para la Pascua: «La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos».
Desde el primer día, la liturgia fija la mirada en el destino hacia el que nos dirigimos, que son las celebraciones pascuales: «Oh Dios, derrama la gracia de tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar con el corazón limpio a la celebración del misterio pascual de tu Hijo».
Por tanto, la meta de la Cuaresma es participar en la Pascua de Cristo.
Tiempo de conversión
En Cuaresma, la Iglesia invita a la conversión por medio de numerosos textos tomados de los profetas, de san Pablo y de los evangelios.
Al hablar de «conversión», el Nuevo Testamento usa la palabra griega «metanoia» que indica una transformación, una nueva manera de actuar: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformamos mediante la renovación de vuestra mente» (Rom 12,2). Se trata de abandonar al hombre viejo para revestirse del nuevo (cf. Col 3,9-10). El hombre «viejo» se guía por los instintos, como el primer Adán. El hombre «nuevo» es el que se deja guiar por el Espíritu, como hace Jesús, Él es nuestro modelo.
En último término, la conversión consiste en que vivamos conforme a lo que ya somos. Como nos dice San Pablo: «Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu» (Gal 5,16-26, cf. Flp 2,5).
Para conseguir esto la Iglesia nos ofrece dos medios: un periodo de tiempo (cuarenta días), y unas prácticas cuaresmales (la oración, el ayuno, y la limosna). Por tanto, la Iglesia, por medio de la Cuaresma, nos ofrece la oportunidad de vivir un profundo cambio interior, una renovación, y de que nuestra fe en Jesús resucitado eche raíces y se afiance a través de una experiencia vital.
Indudablemente, la conversión de cada uno de nosotros es obra del Señor; pero en cada uno de nosotros está el poner de nuestra parte. Pues Dios llama a la puerta de nuestro corazón, pero nosotros tenemos que estar dispuestos a escuchar su llamada y abrirle.
El jesuita Genaro Ávila-Valencia en una oración dice:
Señor,
¡ten paciencia conmigo!
A veces lo que pienso tan lúcidamente
y lo que digo tan elocuentemente,
no coinciden con lo que siento
tan honestamente.
Ni lo que profundamente creo
refleja lo que tan pobremente vivo.
Mi pensar, decir y sentir
no siempre se encuentran.
Mi fe y mi vida a veces se divorcian.
Mi amor y mis obras no se corresponden.
A veces acierto, por tu gracia;
Otras veces desacierto, por mi desgracia.
¡Ten paciencia conmigo!
No te canses de mí, espera un poco más,
y enséñame a esperar y a internar,
una vez y otra vez más,
esperemos juntos, atentos y confiados,
a que tu gracia dé frutos en mí.
¡Ten paciencia conmigo!
Y, aunque yo mismo sea impaciente,
ayúdame a comprender que
la paciencia se siembre con amargura,
pero sus frutos suelen ser dulces y abundantes.
¡Ten paciencia conmigo!
Y que no olvide toda tu inmesa bondad,
para que yo sea paciente con los demás:
contemplando sus amores,
acompañando sus intentos,
escuchando sus clamores,
consolado a sus dolores,
y perdonando sus errores.
Amén
Duración de la Cuaresma
Este año la Cuaresma comenzará el miércoles, día 18 de Febrero, y concluirá el día 2 de Abril, por la tarde (Jueves Santo), en qué iniciaremos el Triduo Pascual.
Las prácticas cuaresmales
El evangelio que se proclama en la celebración del Miércoles de Ceniza nos habla de prácticas cuaresmales: la oración, el ayuno y la limosna. Pero necesitamos profundizar en el motivo de cada una de estas prácticas; y –también- actualizarlas.
- Sobre la oración. Como decía Santa Teresa de Jesús “orar es tratar de forma amistosa con Cristo”. Por tanto, la práctica cuaresmal de la oración es una invitación a tratar con Jesús de una manera más frecuente y familiar para que nuestros vínculos con Él sean más amistosos y fuertes.
- Sobre el ayuno. Resulta paradójico lo desacreditado que está hoy el ayuno cuaresmal entre los mismos cristianos, y la cantidad de ayunos que en nuestra sociedad secularizada llevan a cabo tantas y tantas personas. Se privan de comer y de otras muchas cosas con el fin de sentirse bien, de estar en forma, o de cultivar tal afición o tal deporte. El ayuno cuaresmal es, además, de una práctica dirigida a educar nuestra voluntad, una práctica que nos permite convertir nuestras pequeñas privaciones voluntarias en ayuda caritativa hacia quienes se privan de muchas cosas de forma obligada.
- La limosna -como nos enseña el mismo Jesús- no es dar de lo que nos sobra; sino de lo que somos y tenemos (Cf. Mc 12, 41-42). En este sentido, la limosna unida al ayuno nos permite dar algo personal; pues convertimos nuestras apetencias y gustos en entrega y apoyo al servicio de la dignidad de otros.
Color litúrgico
El color litúrgico de la Cuaresma es el morado, y quiere expresar que estamos en un tiempo de preparación con un fuerte carácter penitencial.

Estructura del Leccionario
Como todos los años, el Domingo I de Cuaresma, el evangelio nos presentará las tentaciones de Jesús en el desierto. Y el Domingo II de Cuaresma, el pasaje de la transfiguración del Señor. Pero este año al encontrarnos en el ciclo «A», leeremos dichos pasajes en el evangelio de Mt (Cf. 4, 1-11; y 17,1-9, respectivamente).
Los evangelios de los domingos de Cuaresma del ciclo «a» recogen las catequesis que la Iglesia en los primeros siglos utilizaba para la preparación de los catecúmenos que iban a recibir el Sacramento del Bautismo en la noche de Pascua, quedando de esta manera: las tentaciones del Señor (I), la transfiguración (II), la samaritana (III), el ciego de nacimiento (IV), la resurrección de Lázaro (V), y el Domingo de Ramos (VI). Este domingo hacemos memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén, y de su Pasión a través del evangelio de Mateo (Cf. 21,1-11; y 27,11-54, respectivamente).

Ese manantial que nadie ha podido secar
después de tantas noches y días,
siglos e historias,
ese manantial eres Tú, Señor.
Cuanto más te apuramos,
más abundantemente brotas en lo hondo.
Cuanta más sed y calor tenemos,
con más frescura fluyes a nuestros pies.
Cuanto más nos acercamos a tu camino,
más cristalina se nos hace tu presencia.
Cuanto más nos hundimos en tus aguas,
más libres nos sentimos dentro y fuera.
Gracias, Señor, por ser
manantial inagotable de Agua Viva
que da sentido a nuestro vivir
y anima nuestro caminar.
Florentino Ulibarri
