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Una reflexión sobre la espiritualidad

Una reflexión sobre la espiritualidad
a partir de Velázquez y cuatro imágenes   

La genialidad de Velázquez no se circunscribe a sus dotes para el dibujo, la perspectiva y su técnica para pintar al óleo. Esa genialidad se despliega en los personajes que retrata. Cada uno esconde una historia, y unos valores o contravalores que impulsan al espectador a investigarlos y a sacarlos a la luz. Pero hay más. La genialidad de Velázquez desborda la composición de cada una de sus obras. En cada cuadro, el pintor provoca la reflexión en el espectador sobre la fugacidad de la vida, la pobreza, la muerte, el poder, la belleza…

Algo parecido me propongo hacer en este artículo con las cuatro imágenes que he elegido, y que fueron tomadas en los actos que se desarrollaron cuando el partido de la final del Mundial de Fútbol entre España y Argentina ya había concluido.

Y esto, ¿para qué? ¿con que intención? En un número creciente de personas -jóvenes y menos jóvenes- late hoy una pregunta: ¿Cómo puedo captar el rastro de Dios en mi vida diaria? La pregunta pone de manifiesto tanto una necesidad sentida, como una falta de recursos que aporten a la persona una espiritualidad que le ayude a vivir la fe insertada en la realidad.

Primera imagen: El barro de la disputa, el conflicto y la violencia

Cuando terminó el partido, algunos jugadores argentinos, entre ellos Lionel Messi, se desplomaron sobre el césped. Mientras los jugadores españoles corrieron para abrazarse festejar su triunfo. Se acababan de proclamar campeones del mundo.

Rodri, que había sido sustituido en la prórroga, corrió desde el banquillo para reunirse con sus compañeros. Según pasaba, el defensa argentino Nahuel Molina, le dio un manotazo en el brazo o en el estómago. Rodri se volvió para pedirle una explicación por su proceder, Molina se encaró con él de forma agresiva, y Eric García acudió en ayuda de Rodri. En este momento, el jugador argentino Leandro Paredes empujó a Eric, le derribo, y cuando se incorporó, le dio un golpe en el cuello. Gavi, que no había jugado el partido, intentó intervenir en defensa de su compañero Eric; pero otro jugador argentino, Thiago Almada lo tiró al suelo. A partir de aquí, la cámara registró una marejada de camisetas mostrando un montón de gestos: unos, violentos; y otros, tratando de apaciguar los ánimos.

Puedes ver la secuencia aquí: https://youtube.com/shorts/p8YCA-l1Wvs?si=C-xqoa-HOYTKmRu9

Detengamos la imagen: En medio de la bronca se encuentra Gavi, atrapado en una trifulca que él no ha provocado. Si hacemos un zoom en el rostro de Gavi, no vemos a un provocador, sino a un muchacho atropellado por la propia inercia del combate. Llevan noventa minutos con el pulso a doscientas revoluciones, y la adrenalina es una sustancia pesada y traicionera; no se evapora químicamente cuando suena el pitido final. La imagen muestra lo difícil que nos resulta a los seres humanos quitarnos la armadura cuando la batalla ha terminado. Refleja un amor propio desmedido y mal canalizado que provoca incapacidad para aceptar tanto la derrota como las “perdidas colaterales” (fama, prestigio, dietas, publicidad,…) que ésta conlleva; y cómo la agresividad del entorno puede salpicarnos y enredarnos aun cuando no hayamos tenido la menor intención de prender la mecha.

Segunda imagen: La capacidad hablar con Dios sobreponiéndose a ruidos y vanaglorias.

Desplazamos la mirada unos metros, y el contraste resulta brutal. Mientras la trifulca sigue su curso, Lamine Yamal reza de rodillas. Todo a su alrededor son gritos, carreras y tensión acumulada; mientras él se muestra abstraído, y el tiempo parece detenido. Lamine no se deja arrastrar por el conato de pelea, ni mira a las cámaras buscando la portada del día siguiente. Agacha la cabeza, abre sus manos y se sumerge en una oración limpia y en silencio.

En mitad de la tangana, y el bullicio ensordecedor de los espectadores, Yamal es capaz de construir un templo interior, y la cámara capta una escena de gratitud desnuda: no hay en él la soberbia de «miren lo que he conseguido»; sino la humildad de dar «gracias a Dios por lo recibido». Es una estampa profundamente conmovedora que nos habla de una fe viva sin complejos ni imposturas, entendida como un ancla espiritual que lo mantiene en el suelo, mientras el mundo a su alrededor ha perdido la serenidad, y se muestra eufórico o triste, entusiasmado o decepcionado. Ningún creyente serio piensa que Dios decide quién gana o quién pierde. La cuestión es mucho más profunda.

Puedes ver la secuencia aquí: https://youtube.com/shorts/5sQKNKvjCxY?si=pHy5qHJxJA-qb2o7

Detengamos la imagen: Lamine reza, y la fe aparece como expresión genuina del ser humano frente a aquello que le supera. En la práctica de cualquier deporte de alto rendimiento el ser humano convive con el límite (la lesión, el fracaso, la presión, la espera…).  Por medio de este gesto, Yamal reconoce que el deporte no es solo rendimiento. Hay una vida y una salud que le son regalas cada día; hay una familia que le apoya en los buenos y malos momentos; hay unas oportunidades recibidas, y unas personas (entrenadores y compañeros) que te han ayudado a llegar hasta ahí; hay muchas horas de entrenamiento, lesiones que ha superado, y otras que te han respetado… y la presencia de Dios acompañando todo eso. La fe no cambia el resultado de un partido; pero cambia la manera de vivirlo. Permite afrontar el éxito sin creerse el centro del mundo, y la derrota sin desesperar.

Tercera imagen: El protagonismo desmedido de un gobernante

Dado que la Copa Mundial de Futbol había sido organizada en tres países: Canadá, México y Estados Unidos, era normal que las máximas autoridades de los tres países acudieran al estadio de Nueva York para presenciar la final, y que ocupasen un lugar destacado, junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. También vimos normal que los tres gobernantes bajasen con Infantino al terreno de juego para participar en la ceremonia de entrega de  medallas y la copa. Y dado que la final se había jugado en Estados Unidos, la mayoría hubiésemos interpretado como un gesto de deferencia que el presidente de Estados Unidos con Infantino entregará las primeras medallas; y que después, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum se hubiesen sumado a la entrega de medallas. Sin embargo, tan sólo Claudia participó en dos momentos: uno, entregando el trofeo de mejor jugador del Mundial a Rodri; y otro, imponiendo una medalla.

Puedes ver la secuencia aquí: https://youtu.be/cofEPEtBQPY?si=-ee45lTDlvPqpPS0

Detengamos la imagen: Podemos observar a Donald Trump imponiendo la medalla a Lamine Yamal; mientras Claudia Sheinbaum y Mark Carney parecen meros “convidados de piedra”. Posteriormente, el presidente de Estados Unidos entregó el trofeo a los campeones acompañado –únicamente- por el presidente de la FIFA. Y para remate, cuando los jugadores se disponían a levantar la copa y celebrar su triunfo deportivo, Infantino tuvo que avisarle para que se retirase. Su protagonismo desmedido fue una constante durante la ceremonia. 

Recuerdo que Jesús Quintero en uno de sus monólogos argumentativos titulado “Analfabetos”, allá por 2012, dijo:

Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como una vergüenza… Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen.
Cada día son más y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos.
La televisión cada vez se hace más a su medida.
El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría, amigos.
Su analfabetismo y su incultura,… imponen su falta de gusto y sus morbosas reglas”.

Cuarta imagen: Un regalo de amor, justicia, y agradecimiento filial

A los campeones les han entregado las medallas y la copa. La mayoría de los reporteros les acompañan a ellos, y al cuerpo técnico de la selección española en sus primeras manifestaciones del triunfo. Pero uno de los jugadores se aparta del grupo, y se dirige a una de las gradas. Un reportero decide seguirle con su cámara. Según va hacia la grada, Nico Williams se quita la medalla que cuelga de su cuello, se la entrega a una mujer que está de pie en lo alto de la grada, y se estrechan mutuamente las manos.

Puedes contemplar la secuencia aquí: 

Detenemos la imagen: El rostro de la mujer refleja una alegría desbordante. Su hijo acaba de triunfar en la cumbre del futbol mundial. Pero en la memoria de esta mujer y de su hijo, Nico Williams, hay una experiencia compartida muy dura y difícil. Ella cruzo el desierto del Sáhara descalza, con un hijo de la mano (Iñaki), y otro en su vientre (Nico). Se jugó la vida para que sus hijos tuvieran un futuro digno que su país de origen les negaba.

El gesto de Nico plasma un acto sagrado de amor, justicia, y agradecimiento filial. Nico victorioso no se corona a sí mismo; le pone la corona a la mujer que caminó sobre arena ardiendo para que él pudiera pisar el césped de la gloria. Es la devolución simbólica de una deuda impagable. En esas manos estrechadas y entrelazadas con emoción durante unos segundos, presenciamos la victoria del amor tanto sobre la adversidad como sobre la prepotencia.

La lección que nos deja el plano completo

Si le damos al play, y contemplamos el desarrollo de los hechos desde que el árbitro esloveno Slavko Vincic pita el final del partido, podemos apreciar que apenas pasan cincuenta minutos. Sin embargo, a lo largo de ese corto espacio tiempo se produce tal cúmulo de acciones y gestos que plasman -como en un collage- la condición humana. En un puñado de metros cuadrados convivieron las cuatro grandes fuerzas que habitan en nosotros: La pulsión pasional de Molina, Paredes o Gavi que nos arrastra al barro de la disputa, el conflicto, y la violencia. La pulsión religiosa de Lamine Yamal que nos permite reconocer la presencia de Dios en medio del ruido y la violencia, el triunfo o la derrota, y más allá de nuestros esfuerzos y méritos. La pulsión narcisista de Donald Trump que nos impulsa a acaparar protagonismos, y a no ser empáticos y ni generosos. La pulsión filial de Nico Williams que nos permite reconocer que somos lo que somos gracias a la abnegación de otros; y reconocer esto nos ayuda a desarrollar nuestra humanidad.

La crónica que nos dejan estas imágenes nos muestra que la verdadera grandeza en la vida no está en ese trofeo del que nos sentimos efímeramente partícipes; sino en los materiales con que vamos construyendo nuestro interior para seguir caminando con alegría, hondura y esperanza cuando los ecos del triunfo se extinguen.

Llamados a ser contemplativos en la acción

Hoy, las personas vemos entre cuatro mil y diez mil imágenes cada día. Las podemos ver a través del móvil, el ordenador, las redes sociales, la televisión, las páginas web, las series, los paneles publicitarios,…

Al mismo tiempo, hay entre nosotros un número creciente de personas necesitadas de dar con una espiritualidad que les ayude a vivir su fe; pero insertadas en la realidad. Quierencaptar el rastro de Dios; pero no al margen de su vida, sino contando con los aspectos de su vida cotidiana. Ydemandan recursos que les ayuden en esta necesidad sentida.

S. Ignacio de Loiola invitaba a sus compañeros a ser contemplativos en la acción. La frase: “Encontrar a Dios en todas las cosas” resume su propuesta espiritual.




Hoy, la mayoría de los católicos son laicos y laicas, viviendo en medio de un mundo que camina a ritmo acelerado, y que se encuentra –además- sumido en un cambio de época. S. Ignacio ofrece una espiritualidad en consonancia con su estado de vida, y que –además- se muestra atenta a la realidad, y los retos que esta plantea. Una espiritualidad que invita a buscar a Dios no sólo en situaciones o actividades explícita-mente religiosas (por ejemplo, la adoración al Santísimo). Sino en cada aspecto de nuestra vida cotidiana. Y aunque Dios es invisible, le podemos “encontrar” en cualquiera de las criaturas que Él ha creado.

¿Cómo podemos desarrollar esta habilidad? El jesuita Howard Gray -a partir de los escritos espirituales de San Ignacio- traza el siguiente itinerario:

  1. Deja que esa imagen, ese poema, esa persona, ese hecho, esa noticia, ese experimento científico, esa injusticia social… sea (para ti) tan genuino en sí mismo como sea posible.
  2. Trata con reverencia lo que ves, escuchas y sientes. Aprecia su singularidad. Antes de juzgar o asesorar o responder, date tiempo para apreciar y aceptar lo que hay ahí.
  3. Si aprendes a estar atento y reverente, entonces encontrarás la forma singular en la que Dios obra en esa situación, revelando la bondad y fragilidad, la belleza y la verdad, el dolor y la angustia, la sabiduría y la ingenuidad.

Necesitamos poner a trabajar el don de la fe 

Comenzaba hablando sobre Velázquez y su genialidad como artista. Cuentan que la primera vez que Salvador Dalí visitó el Museo del Pardo, se quedó fascinado contemplando “Las Meninas”; y al cabo de un  rato exclamó: “¡Ha conseguido pintar el aire!”.

Muchos pintores, historiadores y críticos del arte han contemplado esta excelente obra pictórica antes y después de Dalí; pero su aguda apreciación nos habla de una persona con una sensibilidad y una capacidad de penetración extraordinarias.

Hoy, todos, cada día, escuchamos un montón de noticias, vemos otro montón de imágenes, y somos testigos o actores de encuentros, hechos, situaciones,… Cada uno de nosotros interpreta de una manera única, personal todo eso que escucha, ve, lee, piensa o hace. Y Dios, como el aire que transita entre los personajes  representados en “Las Meninas”, va dejando su fragancia en todo eso que vivimos.

Necesitamos poner a trabajar el don de la fe para desarrollar nuestra sensibilidad y capacidad de penetración, y poder captar el rastro de Dios en nuestra vida. Gloria Fuerte escribió un precioso poema titulado “Un hombre pregunta…”, que está muy en consonancia con todo lo expuesto. Sus primeras estrofas dicen así:

¿Dónde está Dios?… Se ve, o no se ve.
Si te tienen que decir dónde está Dios, Dios se marcha.
De nada vale que te diga que vive en tu garganta.
Que Dios está en las flores y en los granos,
en los pájaros y en las llagas,
en lo feo, en lo triste, en el aire y en el agua.

Dios está en el mar y, a veces, en el templo;
Dios está en el dolor que queda y en el viejo que pasa,
en la madre que pare y en la garrapata,
en la mujer pública y en la torre de la mezquita blanca.
Dios está en la mina y en la plaza.

Es verdad que Dios está en todas partes,
pero hay que verle, sin preguntar
que dónde está,
como si fuera mineral o planta.
Quédate en silencio,
mírate la cara.
El misterio de que veas y sientas, ¿no basta?
Pasa un niño cantando,
tú le amas:
ahí está Dios.

Por Mikel Martínez