Este próximo domingo, 26 de Abril, vamos a celebrar en la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Con el lema «Danok danontzat/ Todos oramos por todos» pediremos al Señor que no falten en la Iglesia las vocaciones al ministerio ordenado, a la vida consagrada, y a la vida laical que esta necesita para poder desarrollar su misión.

Ante esta Jornada, es oportuno releer el noveno capítulo de la Exhortación Apostólica Christus vivit, publicada por el Papa Francisco en 2019. El capítulo trata sobre el discernimiento; y en él, el papa se centra en tres aspectos fundamentales de la vocación. En primer lugar, expone el modo correcto de enfocar la pregunta sobre la vocación, cualquier vocación. Después, diserta –brevemente- sobre los dos aspectos que es necesario cuidar a la hora de discernir una vocación. Y, en tercer lugar, presenta las sensibilidades que debe de reunir la persona que se dispone a acompañar a otra se está planteando su vocación.
- Sobre el modo correcto de enfocar la pregunta sobre la vocación, Francisco dice lo siguiente:
“Cuando se trata de discernir la propia vocación no hay que empezar preguntándose dónde se podría ganar más dinero, o dónde se podría obtener más prestigio social. Para no equivocarse hay que empezar desde otro lugar, y preguntarse: ¿me conozco a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi corazón?, ¿cuáles son mis fortalezas y mis debilidades? Inmediatamente siguen otras preguntas: ¿cómo puedo servir mejor y ser más útil al mundo y a la Iglesia?, ¿cuál es mi lugar en esta tierra?, ¿qué podría ofrecer yo a la sociedad? Luego siguen otras muy realistas: ¿tengo las capacidades necesarias para prestar ese servicio?, o ¿podría adquirirlas y desarrollarlas?

Estas preguntas tienen que situarse no tanto en relación con uno mismo y sus inclinaciones, sino con los otros, frente a ellos, de manera que el discernimiento plantee la propia vida en referencia a los demás. Por esto, perdemos el tiempo preguntándonos: “¿quién soy yo?”. Puedes preguntarte quién eres y pasar toda la vida buscando quién eres. En cambio, pregúntate: “¿Para quién soy yo?”». Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros”. (nn. 285-286)
2. Sobre los aspectos que es necesario cuidar a la hora de discernir una vocación, hace dos indicaciones:
- Hay que “crear espacios de soledad, silencio y oración, para interpretar el significado real de las inspiraciones que creemos recibir, calmar las ansiedades y recomponer el conjunto de la propia existencia a la luz de Dios, porque se trata de una decisión muy personal que otros no pueden tomar por uno. El discernimiento orante requiere una disposición a escuchar al Señor, a los demás, a la realidad misma que nos desafía de maneras nuevas. Sólo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente y estar disponible para acoger un llamado que lleva a una vida mejor, aunque rompa seguridades”. (nn. 283-284)

- Hay que “buscar una persona (sacerdote, religioso, religiosa, o laico), que nos acompañe, y ayude en el discernimiento vocacional.
3. Sobre las sensibilidades que debe de reunir la persona que se dispone a acompañar a otra se está planteando su vocación. El papa dice:
A esa persona “le toca escuchar con tres sensibilidades distintas y complementarias:
- Sensibilidad ante la persona. Se trata de escuchar al otro que se nos está entregando en sus palabras. El signo de esta escucha es el tiempo que le dedico; no en cantidad, sino que sienta que mi tiempo es suyo: el que necesita para expresarme lo que quiere. Debe sentir que lo escucho incondicionalmente, sin ofenderme, escandalizarme, molestarme, ni cansarme. Es la escucha que el Señor ejercita cuando camina al lado de los discípulos de Emaús y los acompaña largo rato por un camino que iba en dirección opuesta a la correcta (cf. Lc 24,1335).
- Sensibilidad discernidora. Hay que encontrar el punto justo en el que se puede discernir la gracia de Dios o la tentación que nos aparta del verdadero camino. Necesito preguntarme qué me está diciendo la persona, qué me quiere decir, qué desea que comprenda de lo que le pasa. Son preguntas que ayudan a entender dónde se encadenan los argumentos que lo mueven y a sentir el peso y el ritmo de sus afectos. Esta escucha se orienta a discernir las palabras salvadoras del buen Espíritu que propone la verdad del Señor, así como las trampas del mal espíritu –sus falacias y seducciones. Hay que tener valentía, cariño y delicadeza para ayudar al otro a reconocer la verdad y los engaños o excusas.

- Sensibilidad a los impulsos. Es la escucha profunda de “hacia dónde quiere ir verdaderamente el otro”, lo que quisiera ser. Va más allá de lo que siente y piensa en el presente y de lo que ha hecho en el pasado. Implica que la persona no mire tanto lo que le gusta, sus deseos superficiales, sino lo que más agrada al Señor, su proyecto para la propia vida que se expresa en una inclinación del corazón, más allá de los gustos y sentimientos. Es atención a la intención última del corazón, que es la que decide la vida, y que Jesús entiende y valora”. (nn. 291-294)
Señala Francisco que cuando se dan estas condiciones:
“El discernimiento se convierte en instrumento de lucha para seguir mejor al Señor y el deseo de reconocer la propia vocación adquiere una calidad y nivel superior, que responde a la dignidad de la propia vida y al don de la libertad, eso que es tan tuyo, tan personal, que sólo Dios lo conoce”. (n. 295)
Y concluye apuntando:
“En algún momento el acompañante tiene que desaparecer de la vida del otro, para dejar que siga el camino que ha descubierto, igual como desaparece el Señor y deja solos a sus discípulos con el ardor del corazón que se convierte en impulso irresistible de ponerse en camino (cf. Lc 24,31-33).” (n. 296)
Desde la diócesis nos ofrecen información sobra la «Maratón de oración» por las vocaciones

