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Jubileo 2025 Jubileua

  • Categoría de la entrada:Unidad Pastoral

El pasado 24 de diciembre, el Papa Francisco abrió la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, e inicio el Jubileo del año 2025. En la Bula de convocatoria, el papa nos dice: “será un Año Santo caracterizado por la esperanza que no declina, la esperanza en Dios. Que nos ayude también a recuperar la confianza necesaria — tanto en la Iglesia como en la sociedad— en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creación. Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva (cf. 2 P 3,13), donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos, orientados hacia el cumplimiento de la promesa del Señor” (Spes non confundit 25).

Aprovechando este acontecimiento eclesial queremos dar a conocer el significado de la palabra «jubileo», su origen bíblico y sentido cristiano, la realización de primeros Años Jubilares y el establecimiento de su periodicidad. También recordaremos los últimos Años Jubilares, el carácter que tiene este de 2025, y las actividades que ha organizado nuestra Diócesis de Bilbao para celebrarlo.

Significado de la palabra «jubileo»

La palabra «jubileo»viene del hebreo «jobel», que es el cuerno de macho cabrío (también llamado «shofar») que se tocaba de una manera insistente para convocar el año jubilar, y que hoy siguen tocando en algunas fiestas especiales, para llamar al culto en la sinagoga.

El jubileo en la Biblia

El pueblo de Israel celebraba un «pequeño jubileo» (cada siete años), y un «gran jubileo» (cada cincuenta años). 

Durante el «pequeño jubileo» no se plantaban las tierras, se dejaban en «barbecho», para no sobreexplotarlas y que pudieran dar más frutos los otros años. No olvidemos que no tenían abonos o fertilizantes (aparte de los naturales). Como ese año no se cultivaba, había que compartir lo que cada uno pudiera haber almacenado en los años anteriores con los que no tenían nada (especialmente con los huérfanos, las viudas y los emigrantes) (cf. Éx 23,10-11; Lev 25, 1-7; Dt 15, 1-6). 

Dejar descansar la tierra cada siete años tenía el mismo significado que el descanso semanal de los israelitas: era una confesión de fe en el Dios Creador, que es el único origen de todo y mantiene todo en la existencia. El ser humano solo es su colaborador, pero no es el dueño absoluto de la tierra, sino únicamente su administrador.

El «gran jubileo» era una institución más seria. Aparte de no plantar las tierras, para dejarlas en barbecho, ese año se perdonaban las deudas, se liberaban a los esclavos israelitas, se devolvían las tierras y posesiones que los judíos habían tenido que vender a sus vecinos por necesidades económicas… De hecho, cuando se compraba o vendía una tierra o una casa, no se hacía para toda la vida, sino hasta la celebración del siguiente jubileo. 

En aquella sociedad, si uno era pobre vendía sus bienes, si seguía endeudado vendía a los propios hijos como esclavos y, finalmente, se vendía él mismo. El año del jubileo, todos recobraban la libertad y los bienes. Era una manera de redistribuir la riqueza, de impedir que algunas familias poderosas se fueran quedando con todo y que los más débiles terminaran por no tener nada.

El libro del Levítico dedica el capítulo 25 entero a las celebraciones del pequeño y del gran jubileo, dando normas muy precisas.

Esta institución jubilar nunca se realizó totalmente, hasta las últimas consecuencias. Fue más un deseo que una realidad. Por eso los profetas anunciaban la llegada del mesías, que establecería el verdadero año jubilar, año de gracia y de perdón. 

Jesús da un sentido nuevo al jubileo

Jesús comienza su misión haciendo suyas las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y les dijo: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy”» (Lc 4,14ss). 

Jesús une «año jubilar» o «año de gracia» a su persona. Toda su vida y actividad es anuncio de la cercanía de Dios, de su amor y misericordia hacia todos, pero especialmente hacia los más débiles, pequeños y afligidos. El anuncio del evangelio va unido a gestos concretos de liberación hacia los cautivos y oprimidos, de ayuda a los necesitados, de misericordia con los más necesitados.

Con Cristo se establece definitivamente el tiempo de la gracia y de la salvación. Con su encarnación, muerte y resurrección han comenzado ya los tiempos definitivos.

La intención de la Iglesia -cada vez que convoca un año santo jubilar- es ofrecer a los fieles un tiempo singular de gracia y de conversión con el fin de propiciar nuestra renovación espiritual personal y comunitaria. Por ello, enfatiza el Sacramento de la Reconciliación; y busca, como fruto, un tiempo social nuevo de justicia y fraternidad. Nos invita, además, a “ponernos en camino”. De ahí, que nos proponga la peregrinación como un gesto esencial.

Primeros jubileos

El primer jubileo se celebró en Roma el año 1300. Lo convocó el papa Bonifacio VIII mediante la publicación de la bula «Antiquorum habet fida relatio», en la que precisaban las condiciones que debían cumplir los peregrinos para obtener de la indulgencia. En dicha bula, el papa afirmaba que los antiguos ya celebraban este tipo de acontecimientos, y que él se decide a regularlos ante las peticiones que le han llegado. Establece que los jubileos se celebren cada 100 años. Los testimonios contemporáneos hablan de una presencia continuada de miles de peregrinos en la ciudad, llegando a sumar unos dos millones a lo largo del año. Para comprender lo que esto significó, debemos tener en cuenta que Roma por entonces contaba con unos 20.000 habitantes. De hecho, se tuvo que abrir en la muralla una nueva puerta de acceso a la ciudad y se construyeron graneros para alimentar a los visitantes.

Dante Alighieri cuenta en la Divina Comedia que, debido a la gran afluencia de peregrinos a Roma, fue necesario reglamentar la marcha de los carros y de los peatones al cruzar el puente del «Castel Sant’Angelo»

En el año 1347, el papa Clemente VI convocó el segundo año jubilar. La anticipación en el plazo se debió a la petición del pueblo romano, asolado por la Peste Negra y devastado por un terremoto. Se celebró con la ausencia tanto del papa como de la curia pontificia, que tenían su sede en la ciudad francesa de Aviñón. La guerra de los Cien Años, y las terribles epidemias de peste, suscitaron un espíritu profundamente penitencial entre los peregrinos, que llegaron masivamente a Roma, buscando consuelo espiritual y esperanza, superando el millón y medio. Entre ellos destacan santa Brígida de Suecia y el poeta italiano Petrarca. Se estableció que un intervalo de 50 años entre jubileos era más adecuado para hacer posible que, teniendo en cuenta la esperanza de vida de la época, cada generación pudiera celebrar un año santo.

En el año 1390, con diez años de antelación a la fecha prevista, el papa Urbano VI convocó el tercer año santo, y establecía que el intervalo entre años jubilares debía reducirse a 33 años, en recuerdo y homenaje a la edad de Jesucristo. Las crónicas hacen referencia por primera vez al rito de apertura de la puerta santa en la basílica de San Juan de Letrán. El cambio en los plazos provocó que en el año 1400 confluyera en Roma un gran número de peregrinos creyendo que se había convocado el correspondiente año jubilar tras el de 1350. Ello obligó al papa a conceder una indulgencia plenaria de modo extraordinario.

En el año 1423, el papa Martín V cumpliendo el nuevo plazo de 33 años establecido en 1390 convoco un cuarto año santo. Por primera vez, los testimonios indican que los peregrinos llegados a Roma desde el extranjero fueron más numerosos que los provenientes de las regiones de Italia. 

En el año 1450, el papa Nicolás V convoco el quinto año santo, y volvió a cambiar la periodicidad, retornando al intervalo de 50 años. La afluencia de peregrinos fue tanta, que los textos de la época dicen que las calles de Roma parecían hormigueros, donde las muchedumbres iban y venían de día y de noche. Esta afluencia de peregrinos y las malas condiciones higiénicas provocaron una epidemia de peste. Además, el 24 de diciembre unas 200 personas murieron aplastadas por una avalancha de gente que pretendía cruzar a la vez el puente frente a Castel Sant’Angelo, lo que conllevó la decisión de construir un nuevo puente sobre el Tíber para unir las dos partes de la ciudad de Roma: el famoso «Puente Sixto», que se inauguró al inicio del siguiente jubileo.

En el año 1475, el papa Pablo II fijó el plazo de 25 años entre uno y otro año jubilar, y así ha quedado hasta el presente. Hacía poco tiempo que se había inventado la imprenta, y se utilizó para imprimir la bula de convocatoria, y enviarla a todo el mundo cristiano. También se imprimieron las primeras guías turísticas de la historia, con una descripción de los monumentos de la Ciudad Eterna. Roma se vio totalmente transformada: se restauraron numerosas iglesias, se arreglaron calles, se abrieron fuentes, se fundó el hospital del Espíritu Santo en Sassia para los peregrinos, se inauguraron la Biblioteca Vaticana y la Capilla Sixtina… Pero el desbordamiento del río Tíber, obligó al papa Sixto IV a abandonar Roma, provocó que el jubileo se retrasara un año, y tuvo como consecuencia una escasa afluencia de peregrinos.

A partir de esta práctica, los Años Jubilares han sido convocados por los papas, y celebrados por toda la Iglesia católica cada 25 años. Tan sólo se suspendió el año 1800 a causa de las guerras napoleónicas. También, ha quedado fijada la finalidad de los años jubilares: propiciar la renovación espiritual de los fieles, tanto personal como comunitariamente.

Últimos jubileos

En el año 1950, el Papa Pío XII convoco el vigesimotercero Año Jubilar. Durante ese año jubilar, el papa proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María a los cielos y reformó el colegio cardenalicio, reduciendo la presencia de italianos y abriéndolo a representantes de otros países católicos. Por primera vez, la apertura se transmitió por la radio y el acontecimiento se acompañó de incontables publicaciones. Unos tres millones y medio de personas provenientes de todos los países del mundo visitaron Roma.

En el año 1975, bajo el papado de Pablo VI, se celebró un nuevo año jubilar. Fue el primero tras el Concilio Vaticano II. Participaron más de diez millones de peregrinos. Por primera vez, la apertura y la clausura se retransmitieron por televisión a todo el mundo. Se celebró con gran alegría entre los fieles sencillos y una frontal oposición de grupos disidentes que, en el seno del catolicismo, comenzaban a surgir y que cuestionaba ciertas tradiciones de la Iglesia. Se levantaron las excomuniones entre los católicos y los ortodoxos y el patriarca de Alejandría participó en las celebraciones romanas.

En el año 2000, bajo el pontificado de Juan Pablo II, tuvo lugar el último año jubilar. Se celebró al mismo tiempo en Roma, en Tierra Santa y en todas las Iglesias locales, se acompañó de encuentros para niños, jóvenes, deportistas, políticos, familias, artistas, nuevos movimientos… preparando así a la Iglesia para entrar en el nuevo milenio. Tuvo un éxito de participantes sin precedentes en todos sus actos. Los documentos del papa reafirmaron con firmeza la perenne actualidad del evangelio y de las prácticas tradicionales de fe y de piedad. También se realizaron numerosas iniciativas sociales, encaminadas a ayudar a los más desfavorecidos.

Año Jubilar 2025

Fue convocado por el papa Francisco el 9 de Mayo de 2024 mediante la Bula “Spes non confundit” (“La esperanza no defrauda”). En la Bula el papa presenta el Jubileo como un tiempo especialmente centrado en la esperanza cristiana. Una esperanza que nos impulsa a ser agentes activos de transformación, sensibles hacia quienes más lo necesitan: pobres, migrantes, jóvenes, presos, enfermos y ancianos. En su mensaje el  papa nos anima a ser peregrinos de esta esperanza, que al estar anclada en el amor divino, no defrauda y nos capacita para construir un mundo más justo y fraterno, incluso en medio de las dificultades. Es una oportunidad para renovar nuestra vida cristiana, cultivando la esperanza que:

  • Se fundamenta en la fe y el ejercicio de la caridad.
  • Impulsa la vivencia de una Iglesia universal y en salida.
  • Anima a la transformación personal y comunitaria.
  • Promueve la reconciliación personal y social

El 29 de diciembre, en todas las catedrales y concatedrales del mundo, los obispos celebraron la Eucaristía como solemne apertura del Año Jubilar. En Bilbao, fue presidida por nuestro obispo D. Joseba Segura, se celebró en la Catedral, y estuvo precedida de una procesión que partió de la parroquia de San Nicolás.

¿Cómo?